Termina el partido. El tablero del estadio grita un vibrante 2-2 entre Japón y Países Bajos en este Mundial que apenas arranca.
Mientras la mayoría de hinchas se agarra la cabeza o corre a buscar otra cerveza, ocurre el milagro de cada cuatro años.
Los aficionados nipones, sin que nadie les ordene nada, sacan sus bolsas plásticas. Recogen vasos, servilletas y envolturas. Dejan las graderías impecables, como si el balón nunca hubiera rodado.
No es show para las cámaras; es su estilo de vida. Un contraste violento si nos bajamos del avión y pisamos las calles de nuestra querida Zipaquirá.
Aquí el civismo parece un artículo extinto, aplastado por un individualismo conchudo.
Salir a caminar por el centro o los barrios es tropezar con un inventario de la desidia colectiva: colillas, empaques de papas, botellas y plástico.
Peor aún en las zonas rurales o en las rondas de nuestras quebradas, convertidas en cementerios clandestinos de muebles viejos, llantas, colchones y ropa usada. ¿En qué momento nos pareció normal tirar la mugre al patio del vecino?
Los datos nos desnudan sin compasión. Mientras que en Colombia apenas logramos reciclar cerca del 17% de los residuos que generamos, la sociedad japonesa recupera y reaprovecha más del 80% de su basura.

No es solo cuestión de tecnología o de camiones modernos. Es la diferencia entre una cultura que entiende que el espacio público es de todos, y otra donde prima el egoísmo de «limpio mi casa y que la calle se hunda».
El partido por la supervivencia ambiental y el desarrollo intelectual no se gana solo en las aulas; se define en los andenes.
De nada sirve llenarnos la boca hablando de progreso si seguimos tratando la ciudad como el basurero municipal. Los japoneses nos enseñaron que limpiar lo propio no es humillación, sino dignidad.
Esta realidad de Zipaquirá, que se replica como un virus en muchos municipios de la Sabana, de Cundinamarca y de toda Colombia, grita por un vuelco urgente en nuestros comportamientos.
Es hora de dar el salto definitivo: pasar de la indiferencia fría a la participación activa, y del egoísmo ciego a la construcción colectiva.
Necesitamos una metamorfosis mental que nos mueva de la estupidez cotidiana a las conductas inteligentes, desterrando el cortoplacismo para empezar a pensar a mediano y largo plazo.
Solo así dejaremos de esperar que otros recojan nuestro desastre




